El sonido del cosmos humano

Helena Bricio

Resumen:


El siguiente artículo tiene como punto de partida la contaminación acústica producida por el exceso de ruido en las ciudades, para relacionar el nivel de intensidad sonora de las acciones humanas cotidianas que producen esta contaminación con el sonido producido por el Big Bang. Pone de manifiesto diversas investigaciones sonoras llevadas a cabo por la NASA en torno al concepto de ruido cósmico la sonoridad en el espacio para establecer una correlación entre la ciencia que explora estos sonidos y la noción de ruido como elemento estético en el arte sonoro. Finalmente, concluye con la simbiosis que se produce entre los seres humanos y su cotidianidad y los sonidos espaciales gracias a la capacidad del ser humano para valorar ese “ruido” y crear posteriormente obras colectivas y pedagógicas centradas en él como las esculturas de los hermanos Baschet.

El sonido del cosmos humano


El Foro Económico Mundial analiza cuales son las ciudades más ruidosas del mundo cada año, y reportó en 2019 a Guangzhou, en China, como la ciudad más ruidosa. La contaminación acústica, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es uno de los factores ambientales que provoca más problemas de salud, desde dolores de cabeza, hasta estrés, y teniendo, según el servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos (NPS), un gran impacto ambiental y efectos adversos en la vida salvaje a pesar de ser algo invisible.

El ruido puede afectar a nuestra capacidad de concentración y memoria, lo que a su vez puede traducirse en un bajo rendimiento en el día a día. El oído necesita algo más de 16 horas de reposo para compensar dos horas de exposición a 100 dB y aunque una centena parece una cifra muy alta, los bares, restaurantes y terrazas pueden llegar e incluso superar los 110 dB. Sillas haciendo ruido al arrastrarse, sonidos metálicos de cubiertos, platos apilándose, voces en murmullo a distintas distancias de nuestros oídos, y una máquina de café que suena de fondo. Todo ello está plagado de tal cotidianidad que probablemente ya estén resonando esos sonidos en la cabeza del lector, sin que se pare a pensar que toda esta cantidad de decibelios concentrados en una terraza de un bar podría llegar a tener una intensidad superior a La Gran Explosión. Así es, el conocido como Big Bang, el punto inicial en el que se formó la materia, el espacio y el tiempo, de acuerdo con el modelo cosmológico, tuvo una intensidad sonora que se cree que no llegó a sobrepasar los 120 dBs, un nivel que se supera a ritmo de guitarra eléctrica y percusión infecciosa en cualquier concierto de música rock.

¿Cómo es posible saber la intensidad sonora del Big Bang si no había seres humanos que lo escuchasen? 

En 1965 se descubre la radiación de fondo de microondas (Cosmic Microwave Background, en adelante CMB), una forma de radiación electromagnética que llena el Universo por completo, y se convierte en una de las pruebas principales del modelo cosmológico del Big Bang y una reliquia de éste.

Gracias a la sonda Wilkinson Microwave Anisotropy Probe (WMAP) se pueden medir las diferencias de temperatura que se observan en dicho CMB, y estas variaciones de temperatura permiten deducir la magnitud de las ondas sonoras.

En 2013, John Cramer, investigador de la Universidad de Washington, reinterpretó las mediciones de ondas  CMB obtenidas por el telescopio espacial Planck, y publicó una  grabación que simulaba el sonido del Big Bang. Según Cramer, el nuevo espectro del nuevo telescopio llegaba a frecuencias mucho más altas que las del WMAP y, por tanto, a una fidelización sonora mayor. El análisis Planck pone de manifiesto que la radiación de fondo de microondas alcanzó su pico máximo a los 379.000 de la explosión, bajando su intensidad un 60% durante los 110.000 años posteriores y anteriores a este pico. La “grabación” de Cramer representa los primeros 760.000 años de evolución del Universo.